Hace varios años viajé a Mendoza. No exactamente a Mendoza, como me decía una compañera de secundario que era de allá, sino que fui a San Rafael. Fue la última vez que me fui de vacaciones con mis viejos (y mi abuela y hermanos), y fue justamente recorriendo en auto esos paisajes impactantes. También fue la primera vez que tuve una pieza para mí solo, una pequeña probada de inocente independencia.
Esta película removió todo eso la primea vez que la ví. No sólo por los paisajes y el agradable sabor a familiaridad de las relaciones entre los personajes, sino también por esos pequeños recuerdos y referencias de cierta infancia que más o menos es compartida por muchos.
Desde que inicia la película sabemos qué va a pasar, no hay ninguna sorpresa bajo la manga, pero la química entre los actores (aplausos de pie para las increíbles actuaciones de Mirta Busnelli y Betiana Blum), los diálogos sencillos y para nada forzados, las situaciones difíciles pero resueltas de un modo realista y enternecedor, y un guión fiel, hacen una película más que disfrutable.
Hoy, casi 10 años después, volviéndola a ver le descubro otros pequeños matices que cualquier persona que haya viajado por ruta, que sea padre, que sepa que alguna vez se desvió del camino, seguro va a saber apreciar.
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